Leyendo a Antonio Sáez del Castillo me topo con una revelación sobre la sucesión de Fibonacci que después de años de clases de matemáticas, literatura divulgativa (o no) y blogs, documentales e infinidades de sitios donde uno se puede encontrar este fenómeno matemático… nadie comenta.
El origen de la famosa sucesión de números es un supuesto problema sobre la reproducción de los conejos:
Cierto hombre tenía una pareja de conejos juntos en un lugar cerrado y uno desea saber cuántos son creados a partir de este par en un año cuando es su naturaleza parir otro par en un simple mes, y en el segundo mes los nacidos parir también.
De aquí sale simplemente el famoso 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 86, 144… que con la división del último término con el anterior nos da como resultado Phi.
El autor en el libro habla sobre cómo la gente simplemente copia y pega información sin haberlo entendido en realidad. Aquí entrarían todas esas fuentes que he citado antes. Pero lo gracioso del asunto es que por supuesto los conejos no se reproducen de esa forma, ni mucho menos. Así que o bien la fuente de Fibonacci era un naturalista pésimo, o tuvo que inventarse la historia.
Pero, y esto es lo interesante, parece que Fibonacci tampoco sabía muy bien lo que estaba haciendo y simplemente puso por escrito usando conejos como ejemplo los ejercicios de algún otro matemático anterior… Árabe, indio, chino, griego… montones de conocimientos de este tipo se extendieron hacia europa y se quedaron aquí como inventos nuestros.
La cuestión de por qué quizá ni el propio Fibonacci sabía lo que andaba haciendo es que las propiedades de esa sucesión son independientes de los primeros términos que uno elija, es decir, que no hacen falta conejos.
Usando por ejemplo el -8 y el 20:
-8, 20, 16, 36, 52, 88, 140, 228…
88/52 ya nos da 1,6923… y por supuesto, cada vez nos acercamos más. Obviamente también sirve para la constante inversa, dividir n-1 entre n.
Todo esto es poco más que una curiosidad, Phi sigue estando ahí para lo que nos ocupa y es lo que importa. El autor sólo trata de quitarle magia y misticismo a un puñado de números. Al final, lo único que queda es matemática.








